JEYLO
Jesús Medrano Gutierrez y Lolita Badenes Gual
Por Julián Segarra Esbrí
Cuando nací no habían televisiones pero, viniendo un día desde Tarragona siendo pequeño, mi padre se paró en el bar de un cliente de Traiguera (Castellón, España) y en el fondo del establecimiento vi la primera televisión de mi vida. Al empezar a comercializarse, solo adquirieron la televisión en los bares del pueblo y la primera de Chert la compraron Dª. Angeles Carceller Sanz y el Sr. José Manuel Ferreres Sanz para su bar. Aquel día no se cabía en su establecimiento lleno de hombres como sardinas en lata pero por suerte, levantaron la persiana de una ventana de la calle San Mateo y acercándonos a ella nos permitía ver de lado las imágenes a todos los amigos allí apoyados, después compraron otra Dª. Cinta Beltrán Meseguer y el Sr. José Manuel Beltrán Bel de la calle Valencia que tenían un bar más espacioso en forma de L porque el edificio cierra por detrás lo que antaño fue la posada del Sr. Juan Zaragozá Beltrán y la instalaron en el rincón. Los niños siempre nos sentábamos a primera fila y los dueños de los bares, con más paciencia que Job, nos aguantaban mientras nos portábamos bien, con lo que el "Cine España" del Sr. Joaquín Marzá Sanz en la plaza de Dª. Purificación Morán Guillén inició su decadencia; posteriormente, también adquirieron una televisión en alguna casa particular como en la de mi amigo y vecino Juan Francisco Marzá Beltrán que su tíos Dª. Mercedes y D. Paco (Dª. Mercedes Beltrán Sanz y D. Francisco San Miguel Nubla), les habían regalado una a sus padres Dª Lolita Beltrán Sanz y D. Adrián Marzá Segarra y los sábados antes de cenar veíamos la película de "Viaje al fondo del mar" en la que un monstruo marino atacaba al submarino nuclear Seaview que disponía de una especie de módulo volador y al abrirse una doble puerta corredera desde la base, podía navegar autónomamente tanto por aire como por el mar en una aventura en la que su tripulación siempre salía victoriosa de las maldades del diferente monstruo que aparecía en cada pase semanal de la serie y de los domingos por la tarde, recuerdo la serie televisiva de caballería del Cabo Rusty y a su perro Rin Tin Tín que al paso del tiempo la cambiaron por la transmisión de otra serie, la de Bonanza, de allá en Virginia City, con las aventuras en el rancho de la familia de los Cartwright y de las mismas características aventureras siempre montados a caballo. Después de Bonanza, los domingos emitieron la serie El Virginiano, sin olvidarme de los sábados por la tarde con Los Chiripitifláuticos como programa infantil y el concurso Cesta y Puntos. Ya había tomado mi Primera Comunión y como los críos en los bares no hacíamos más que molestar, en el sótano de la Casa Abadía se instaló un televisor y los domingos por la tarde todos los niños del pueblo podíamos ir a verla sentados en unas hileras de sillas acordes con la altura de los usuarios y sujetas con unos listones de madera para mantenerlas fijas a modo de cine o teatro y comer chuches y pipas dejando el suelo perdido de inmundicia como si de un corralito se tratase.
En el pueblo de Chert, entre el Sr. Maestro D. Bartolomé Motos López y el Sr. Cura Párroco Rdo. D. Juan Bautista Ochando Nebot, preparaban a las personas que querían estudiar Bachillerato para examinarse en el Instituto Francisco Ribalta de Castellón de la Plana como alumnos libres. Esta costumbre ya venía de antaño porque en tiempos de mi padre Julián Segarra Ortí, junto con Dª. Elvira y su hermano D. Delfín Molmeneu Querol, se desplazaban todos los días en bicicleta hasta San Mateo y D. Joaquín Jovaní Talarn también les preparaba para examinarse en Castellón de La Plana y en Zaragoza durante el conflicto de la última guerra civil española. En el año 1961 el Sr. Maestro D. Agustín Baila Tosca se trasladó a Vinaròs para impartir su docencia y quedando la plaza libre, vino a ocuparla D. José Roda González de San Mateo que debiendo incorporarse al Servicio Militar Obligatorio, le sustituyó durante 1962 hasta su licencia militar D. Emilio Beltrán Doménech en calidad de Maestro Auxiliar Docente e iniciando en 1963 su condición de titular, mas como en cada anualidad el número de niños estudiantes de bachillerato iba creciendo, le debieron proponer su colaboración puesto que en mi tercer curso de bachiller, las distintas asignaturas estaban distribuidas entre las tres personas que colaboraban impartiendo su docencia.
Era costumbre local preparar a los niños para el Ingreso y Primer curso de Bachillerato en una misma anualidad y mi madre María Dolores Soledad Esbrí Simó, opinaba que con un examen cada año era suficiente para un crío y el tener que aprobar dos exámenes en un curso, entendía era excesivo para un chaval tan jovencito que más bien debía saber que en el difícil caminar de la vida se aprende y avanza peldaño a peldaño y no a pasos agigantados de dos exámenes de golpe, lo que no encajaba y era contrario de la costumbre del pueblo.
Tenía yo diez años y ya había tomado la Primera Comunión cuando mi madre le preguntó al Sr. Maestro D. Delfín Molmeneu Querol compañero de estudios de mi padre, sobre su opinión en cuanto a presentarme al examen de Ingreso para el Bachillerato y D. Delfín, le dio el VºBº sin objeciones y como mi padre cada quince días se desplazaba a Castellón de La Plana para atender sus obligaciones fiscales, en uno de sus viajes me matriculó en el Instituto Francisco Ribalta para el preceptivo examen y mi madre se lo comentó a D. Delfín el Sr. Maestro que, le aconsejó me comprasen un libro sobre el temario y que mi padre hizo efectivo en la próxima quincena adquiriéndolo en alguna librería de la ciudad. Cuando el libro en cuestión estuvo en poder de mi madre, ella lo hojeó y se dio cuenta que mi nivel académico era insuficiente para aprobar el acceso al bachillerato y ante el temor de obtener un fracaso y ser ridiculizada con las habladurías de las vecinas del pueblo por imaginar que su hijo podía aprobar sin preparación específica como si fuera más inteligente que el resto de los niños de la escuela, se le ocurrió animarme en el estudio y prometerme premiarme con la compra de un televisor si consiguiese superar la prueba de acceso o ingreso para el bachillerato.
- ¡Un televisor de regalo por aprobar!.
Todas las tardes cuando salía de la escuela solo pensaba en estudiarme el contenido de aquel libro, las horas de juegos y recreo hasta la cena se habían acabado, los sábados por la tarde que no había colegio, volvía hacer codos en la mesa escritorio de mi bisabuelo Juan Bautista Simó Guach que me prepararon en una habitación soleada de estudio cara al Sur para mi solo, junto a la puerta acristalada de la salida al terrado de la casa porque el escritorio de mi abuelo Julián Segarra Ferreres lo empleaba mi padre y hasta la hora de cenar, estaba yo allí estudiando como un D'Artañán. Los domingos por la tarde, mi padre me ayudaba en la geografía con su Atlas nº 11445 de D. Salvador Salinas Bellver en su decimotercera edición de 1935 impreso en la Litografía del Sr. Eusebio Fernández Mingo ubicada en la calle Gonzalo de Córdoba nº 17 de Madrid de cuando él también hizo lo propio y al final de la tarde, me iba un ratito al teleclub del sótano de la casa abadía del Sr. Cura. Aquello se convirtió en una verdadera maratón de estudio que, con el premio de la recompensa final, no me podía permitir perder y había que superar el examen sin contemplaciones ni miramientos.
Para el día del examen en Castellón de la Plana, mi padre me llevó al Instituto Francisco Ribalta con su furgoneta Opel Blitz y me presenté a la prueba de acceso, respondí a las cuestiones formuladas lo mejor que supe y por la tarde regresamos al pueblo visitando algunos Clientes en el trayecto. Al cabo de unos días, en el próximo viaje comercial a la capital de la provincia, mi padre debió pasar a recoger el resultado y subió la calificación a casa. Se la enseñó a mi madre y le comentó: "Lo prometido, es deuda". A él siendo pequeño, en el pueblo de Ulldecona le dijeron que le regalarían un juego de bolos y nunca los recibió, acordándose toda su vida y ahora, también lo sabe ud. por ser lector del contenido de este artículo.
En el pueblo de Cabanes había un cliente de mi padre llamado D. José Babiloni Roig que anteriormente fue colega por ser también fabricante de licores elaborando anís dulce, semidulce, seco, crema de café, sin olvidar el licor Ildum; el hombre tenía una bodega y además, pintaba filigranas en las casas decorando las paredes de las estancias y por afición o entretenimiento, cuadros al óleo que después vendía. En su ausencia del establecimiento para atender encargos de pintor decorador, le ayudaba su esposa Dª. Pilar Valls Amer con la que colaboraba su hija Pilar a la salida de la escuela y sobre pedido, también hacía negocio con la venta de algún que otro electrodoméstico de algún establecimiento de Castellón de la Plana en cuya actividad, llegó a ser pionero en la preparación de Listas de Boda y supongo mi padre debió comentarle sobre la compra de un televisor porque una tarde a la hora de ir al colegio, se presenta en casa una furgoneta Renault 4F que tenía la característica de llevar un portoncito encima de la puerta trasera lo que le permitía transportar para la instalación de un televisor los postes y la antena atados con un paño rojo sobresaliendo del vehículo. Era la versión primera de la posterior Renault Express que estuvo a la venta comercializándose en España entre los años 1985 y 2002. Durante el tiempo lectivo que duró la escuela de aquella tarde, todos los compañeros de clase estuvimos pendientes de observar como unos hombres subidos en el tejado instalaban aquella antena de VHF para la Banda III de la televisión que recibían las señales desde el reemisor de la Sierra de Aitana en Alicante. D. Delfín, el Sr. Maestro, quedó bien servido en darnos toques de atención a todos los alumnos porque, ni las miradas, ni el pensamiento generalizado, estaban por la labor de aprender ninguna lección de ningún libro ni de la pizarra, sino más bien de cómo montar una antena en un tejado y en los últimos minutos de la clase, nos mandó levantarnos de los pupitres y apoyarnos en las ventanas con la advertencia de examinarnos a todos de montadores de antenas de televisión.
A la salida del colegio y llegar a casa, el televisor ya estaba preparado para su puesta en marcha. Por el agujero pasamuros de la entrada de la antena de la radio de mis abuelos, pasaron el cable bifilar de 300 ohmios porque aquellas antenas del tipo Yagi, llevaban conectado el cable de alimentación del dipolo doblado sin balún de acoplamiento por ser simétricas y la impedancia coincidir con la del cable y en el comedor, encima de una mesita al afecto, estaba el flamante televisor y en la parte de abajo, el transformador del regulador a la espera de recibir mis instrucciones para que se activase el funcionamiento porque, supongo que al Sr. Jesús ya le habrían informado de la razón del regalo.
El Sr. José Babiloni Roig quiso acercar el televisor al rincón de la habitación-comedor debajo del reloj con tan mala suerte que el cable del transformador no tenía suficiente distancia desde el enchufe al lugar del pretendido emplazamiento y sin percatarse, ¡plaf!, el estabilizador al suelo, ¿y ahora qué?, pues nada, el Sr. Jesús, lo retira y enchufa el televisor directamente porque aquella tarde yo tenía que ver la televisión en casa como merecido premio a mi aplicación en el estudio y al día siguiente, volvería con otro televisor y regulador nuevo como si aquí no hubiera pasado nada.
En la furgoneta del Sr. Jesús llevaba rotulado un anagrama que rezaba PYE igual que la marca del televisor y resultó que no era el nombre comercial de una sociedad de dos personas, sino el apellido del señor inglés fundador de negocio y fabricante del invento. Además, también iba rotulado el nombre JEYLO y éste, si era el nombre de dos personas JEsús Y LOlita que era su esposa. A mi madre le agradó la ocurrencia porque a ella también le llamaban Dolores y de ser su matrimonio el fundador del negocio, podría tener su nombre en el anagrama llamándose de parecida manera, pero en su caso, la idea debía ser descartada porque en los pueblos todo se cambia por ridiculizar a las personas y fastidiar el amor propio, aunque había de reconocerse que, el nombre comercial del Sr. Jesús y Dª. Lolita, era de lo más original y sugestivo.
Al día siguiente el Sr. Jesús volvía a desplazarse a Chert con otro televisor P-900 por si al que nos entregó la tarde anterior le había pasado algo, un estabilizador y con gran visión comercial, una nevera TUCAN para enseñársela a mi madre que, reacia a la adquisición, fue convencida por sus ventajas y accedió a su compra. La nevera tiene en la parte superior un pequeño cajón metálico con portón de plástico de baquelita en el que se lee congelador y en el frontal debajo de la puertecita, un regulador de temperatura con un pulsador para descongelar y limpiar el compartimiento cuando se precisase y con jarabe de limón y/o de fresa del que fabricaba mi padre, mi hermana María Asunción y yo, en verano nos hacíamos polos en unos vasos de aluminio del flan a los que colocábamos unos palitos sujetados en el agujero de un soporte de hojalata que nos hizo nuestro abuelo Julián para que se congelasen en vertical y no se imagina el lector como disfrutábamos durante el verano tanto nosotros como nuestros amigos. ¡Ahora ya no necesitábamos ir al bar para comprar un polo!, ni tampoco, la peseta que costaba, aunque el domingo por la tarde, mi madre nos daba tres pesetas y con la bicicleta que me había regalado mi primo José Calvo Segarra cuando tomé la Primera Comunión, montaba a mi hermana María Asunción en la barra del cuadro y nos acercábamos al bar del Sr. Joaquín Segarra Adell en el que su esposa Dª. Mercedes Calduch Ferreres nos entregaba dos cucuruchos de helado que costaban peseta y media. Mi hermana se subía de nuevo sentada de lado en la barra del cuadro de la bicicleta sujetando con una mano el cucurucho del helado y con la otra el manillar de la dirección, yo hacía lo mismo con las otras manos cambiadas y muy bien coordinados, regresábamos pedaleando a casa para invitar a nuestra madre a probar el helado que hacía como si los probase para decirnos lo ricos que estaban y poco a poco, nos los acabábamos hasta comernos el cono del barquillo.
Cuando superé los exámenes de Bachiller, debí seguir estudiando porque se preveía la exigencia de una titulación académica como responsable para la continuidad del negocio familiar y como en Castellón de La Plana se había creado un Colegio Universitario en donde se podía cursar el primer ciclo formativo sin necesidad de ir a estudiar a Valencia del Cid, me fui a la capital de la provincia pernoctando en una pensión tranquila de la calle Poeta Guimerá llamada "Avenida", pero resultó que allí solo se podía dormir y evidentemente pregunté dónde cenar, enviándome a la fonda "La Montaña" de Dª. Concha Adelantado Escuder y del Sr. Miguel Roig Forés en la calle Antonio Maura nº 5, frente al Conservatorio, junto al quiosco del Sr. José Barrachina Murgui. Dado que el comer en un establecimiento y dormir en otro no era ideal y además, en el cruce de las calles San Félix con Conde de Pestagua y la Plaza Clavé estaba la parada del autobús para acercarnos a los estudiantes al colegio, a la semana siguiente me despedí y me cambié de pensión por su mejor ubicación y los dos servicios juntos. Por las mañanas, en la esquina con la calle Enmedio, la tienda de Jamones Trini vendía conservas y fiambres y como ya estaba abierta, compraba lo que me apetecía para el bocadillo, al final de la calle Morería pero en la calle Alloza, estaba la panadería del Sr. José Peñalver Doménech en la que compraba un panecillo y su esposa Dª. María Vicenta Viciano Torres me lo abrían con un chuchillo; giraba al final de la calle Alloza y al cruce de la Plaza Clavé con Rey Don Jaime, en el bar "La Confianza" del Sr. Urbano Grau Royo y Dª. Ascensión Adell Monfort, mientras me preparaban un café con leche, me montaba el bocadillo para el almuerzo y después, me acercaba a la esquina de la sucursal de la Caja Rural y esperaba la llegada del autobús que, subiendo por la calle Conde de Pestagua giraba por la calle San Félix para ir a clase. Por la tarde después de comer, estudiaba en la habitación hasta pasada la hora de abrir la biblioteca que estaba en la calle Mayor al girar la calle Enseñanza a continuación de la calle Antonio Maura, estudiando hasta la hora de la cena, ¡vamos! que a mi criterio, tenía la infraestructura muy bien montada.
Al desplazarte en esta zona de Castellón de La Plana, coincides con la calle Mealla en la que tenía el taller de reparaciones el Sr. Jesús Medrano Gutiérrez y la calle Caballeros que está la tienda de Dª. Lolita Badenes Gual y en alguna ocasión pasé a saludarles pero más veces por el taller del Sr. Jesús porque no iba a comprar nada y además, mi primera reparación en un transistor radio receptor, la hice en su taller. Ocurrió que a mi tío José Calvo Gallego se le estropeó por el uso el interruptor de encendido y apagado que estaba incorporado en el potenciómetro de la voz y al comprase otro radio receptor nuevo, en vista de mi afición por la electrónica de la radio, me quiso regalar el viejo que funcionaba con antiguos transistores de germanio y como tenía el interruptor estropeado, fui al taller del Sr. Jesús para preguntarle si me prestaría su soldador para esta reparación, a lo que accedió gustosamente diciéndome que el día que quisiera volviera con el receptor transistorizado.
A la semana siguiente me acerco al taller del Sr. Jesús con el transistor averiado y me dice:
- ¡Ahí tienes el soldador en marcha, ya puedes empezar a desmontar la pieza!.
Cuando estaba desinstalada, le pide a un chico que era su ayudante:
- ¡Ve a por otra igual a ésta!. Entregándole la pieza averiada como referencia.
Y en un rato, allí teníamos una pieza nueva.
- ¡Ale, ya puedes volver a instalar el potenciómetro!.
Acabada la reparación, el Sr. Jesús comprueba el correcto funcionamiento y le pregunto el importe del servicio.
- ¡Hombre, cómo te voy a cobrar una reparación que has hecho tu mismo!.
- Pero tendré que pagar el potenciómetro nuevo y aprovechar para que ud. invite a Dª. Lolita y sus hijos a un refresco el domingo por la tarde en concepto de uso y disfrute del taller, ¿no le parece?.
- ¡Bueno!, de la invitación me encargo yo, dame doscientas pesetas por la pieza y todo arreglado.
Allí en el taller del Sr. Jesús Medrano Gutiérrez descubrí de la existencia de los soldadores eléctricos y del hilo de estaño con resina desoxidante incorporada. ¡Vaya lujazo!, cuando estaba acostumbrado a estañar con los martillos de mi abuelo calentados al fuego directo de llama, aunque en el taller, dentro de su caja, tenía un soplete de gasolina que nunca usaba y desoxidaba con una solución de cloruro de cinc, limpiando la carbonilla de las puntas de los martillos con piedra de amoniaco.
Posteriormente en los años de actividad económica, me he aprovechado de su amistad para dejarle en su establecimiento algún que otro recado que gustosamente me han complacido y cuando paso caminando por la calle Caballeros, la tienda de Dª. Lolita es parada obligatoria, aunque no precise comprarle ni venderle nada.
© Copyright J.S.E. - 2020